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Gracias Sochi

 

Tras 16 días de competencia, este domingo fueron clausurados los Juegos Olímpicos de Invierno

Agencias

Sochi, Rusia

El ballet, el circo y los clásicos de la música y la literatura rusas brillaron en la ceremonia de clausura de los Juegos de Invierno de Sochi, en los que Rusia, el país anfitrión, dominó el medallero con 32 metales: trece oros, once platas y nueve bronces.

En la ceremonia, en el estadio Fisht de este balneario ruso a orillas del mar Negro, ante 40 mil espectadores, no faltaron ni los míticos ballets Bolshoi y Mariinski, ni una enorme carpa circense, retratos gigantes de clásicos como León Tolstoi, Fiodor Dovstoyevski o Alexánder Pushkin, ni la música del gran Rajmaninov.

Una representación de la aldea de Marc Chagall, en forma de mundo al revés, una banda militar de tambores y 62 pianos de cola en el escenario fueron parte de un espectáculo cuyos autores se permitieron el lujo de reírse de sí mismos.

Sin embargo, fue el presidente ruso, Vladímir Putin, quien acaparó todos los honores durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, ya que, pese a los malos augurios, fueron un éxito organizativo y se saldaron sin controversias extradeportivas.

Putin no subió ni una sola vez al podio para recoger una medalla, pero fue la gran figura de los Juegos, como se pudo ver durante sus visitas a las sedes de las diferentes delegaciones, en particular la de Estados Unidos y Canadá, donde fue recibido con vítores.

Por si fuera poco, contra todo pronóstico, Rusia encabezó el medallero con 32 metales, 13 de oro, 11 de plata y 9 de bronce, el doble que en Vancouver (15), que fue el punto más bajo del deporte invernal ruso.

Al triunfo ruso contribuyeron dos deportistas nacidos en Corea del Sur, Víctor An, y Estados Unidos, Vic Wilde, quienes se colgaron tres oros el primero y dos el segundo en patinaje de velocidad y snowboard, respectivamente.

Sus historias en un país poco dado a conceder ciudadanías por motivos deportivos, son una demostración de que Putin no estaba dispuesto a escatimar ningún esfuerzo con tal de garantizar el éxito de los Juegos, los más caros de la historia.

An, triple campeón olímpico en Turín (2006), se rompió la rodilla en 2008, lesión que estuvo a punto de acabar con su carrera, pero tras ser descartado por su propio país, decidió probar suerte en Rusia, a la que regaló tres oros en Sochi.

El caso del norteamericano Wilde es aun más inspirador, ya que fue el amor a una colega de profesión, Aliona Zavarzina, la que le llevó a solicitar el pasaporte ruso en 2011, y tres años después subir a lo más alto del podio en dos ocasiones.

La única mancha deportiva para el país anfitrión fue el hockey sobre hielo, decepción que quedó marcada a sangre y fuego en el compungido rostro de Putin en las gradas, tras caer ante Finlandia en los cuartos de final.

Las altas temperaturas de Sochi también causaron algunos problemas, ya que trajeron la niebla y falta de visibilidad, lo que obligó a aplazar algunas competiciones, pero sin llegar a alterar el calendario olímpico.

No obstante, el líder ruso puede estar tranquilo, ya que las extraordinarias medidas de seguridad abortaron no sólo los atentados terroristas, sino también cualquier protesta antigubernamental que empañara los Juegos.

Y es que, en un guiño al pequeño fallo técnico ocurrido en la ceremonia de inauguración de los Juegos hace 16 días -cuando el quinto anillo olímpico de luces no se llegó a desplegar por unos instantes-, hoy repitieron la misma escena sobre el campo del estadio, sólo que ésta de forma intencionada.

La alusión al fallo tan comentado por los medios el 7 de febrero fue recibida con una ovación por los espectadores, que supieron apreciar la broma.

Antes de pasar el testigo a Corea del Sur, anfitrión de los próximos Juegos de Invierno, Rusia se recreó en su acervo artístico, un espectáculo diferente de la apertura, que se centró en un repaso de sus hitos históricos.

El fuego olímpico fue apagado por las tres mascotas gigantes -un oso polar, una liebre y un leopardo de las nieves- bajo los acordes de la música de Eduard Artiemev, banda sonora de la película soviética “Propio entre ajenos, asalto al tren blindado”.

Tras extinguirse la llama, de los ojos del oso comenzaron a brotar lágrimas mientras sonaba el tema de “Hasta la vista Moscú” en otro guiño, esta vez a la clausura de los Juegos Olímpicos de Verano de 1980, celebrados en la capital soviética, donde esa escena final del osito Misha es una de las más recordadas.

Una vez más, como en la apertura de los Juegos, fue la niña Liuba la protagonista y guía del espectáculo, y en compañía de los payasos Yuri y Valentina y otros famosos artistas circenses rusos, la pequeña hizo un recorrido por la cultura clásica rusa.

La entrada de la selección rusa, en la tradicional parada de los deportistas olímpicos, fue recibida con estruendosos aplausos, en reconocimiento a su triunfo deportivo, ya que batieron el récord de medallas no sólo de Rusia sino de la Unión Soviética.

La excursión por el arte ruso de la niña Liuba y sus amigos terminó con un gran espectáculo circense, en el que participaron casi 400 acróbatas, gimnastas y malabaristas.

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